Hoy se cumplen cuatro años desde la desaparición del niño Luis Ángel, ocurrida el 6 de febrero de 2022 en el municipio de Vicente Noble, provincia Barahona. Cuatro años que, para su madre, Fraila Méndez Marrero, no se cuentan en calendarios, sino en silencios, en ausencias y en una espera que no conoce descanso.
“Hoy el calendario marca 4 años, pero para mí el tiempo no ha pasado. Desde el día que mi hijo no está conmigo, vivo con el alma incompleta y el corazón en una espera eterna”. Sus palabras no son una declaración simbólica: son la descripción exacta de una vida detenida en el dolor.
Desde aquel día, Fraila aprendió a convivir con una contradicción permanente: sonreír por fuera mientras por dentro carga una herida abierta. “He aprendido a sonreír por fuera mientras por dentro cargo una ausencia que duele todos los días. No hay olvido, no hay resignación, solo esperanza sostenida por el amor más puro que existe: el de una madre”.
Luis Ángel no está físicamente, pero vive en cada gesto, en cada palabra, en cada paso. “Hijo mío, tu nombre vive en mi voz, tu recuerdo en mi pecho y tu búsqueda en cada paso que doy. Mientras yo respire, seguiré esperando, seguiré exigiendo respuestas y seguiré creyendo que volveré a verte”.
Un caso sin respuestas
Por la desaparición del menor están acusados Anderson Daniel Pérez González, expadrastro del niño, y Jonainy Méndez, señalada como cómplice por ser la titular del teléfono desde el cual se exigió un rescate de dos millones de pesos a cambio del niño.
A cuatro años de los hechos, el proceso judicial continúa sin definiciones claras. Las audiencias no se han conocido de fondo. La madre explicó que tuvo una audiencia el día 2, pero fue reenviada para el próximo 2 de marzo. Mientras tanto, los acusados permanecen en libertad.
El dolor no se limita a la ausencia de su hijo. También se vive en los tribunales. Fraila relató que, en una de las audiencias, el esposo de la cómplice del acusado intentó agredirla en plena sala del tribunal, antes de que los jueces subieran, un hecho que profundizó aún más la sensación de vulnerabilidad e indefensión.
La espera como forma de vida
Fraila Méndez Marrero no habla desde la resignación. No habla desde el cierre. Habla desde la esperanza. Desde una fe que no se negocia. Desde una espera que no se rinde.
Cuatro años después, su historia no es solo la de un caso judicial sin resolver. Es la historia de una madre que sigue buscando, que sigue preguntando, que sigue exigiendo respuestas, y que sigue creyendo que su hijo volverá.
Porque hay ausencias que no se miden en tiempo.
Se miden en silencios.
En noches largas.
En nombres que se repiten como oración.
Y hay madres que no aprenden a olvidar.
Solo aprenden a esperar.








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